CARTA ABIERTA A QUIENES RESPALDAN SIN CONTRASTAR: LA VERDAD NO PUEDE SER REHÉN DEL CORPORATIVISMO
Cuando el prestigio silencia la verdad: Carta abierta a los apoyos sin contraste.
No todo vale en nombre de la memoria: la verdad también merece justicia.
Durante más de seis años he denunciado la actuación de un catedrático que, amparado en su posición académica, ha difundido falsedades sobre una persona ya fallecida. Esta carta abierta está dirigida a quienes lo han respaldado sin conocer los hechos. Porque la memoria democrática debe sustentarse sobre la verdad, no sobre la propaganda.


La verdad, base de toda libertad
En tiempos donde la memoria democrática y la libertad de expresión se alzan como banderas de nuestra convivencia, conviene recordar que ningún valor democrático puede sostenerse sin el respaldo firme de la verdad.
Cuando esa verdad se tergiversa, se oculta o se manipula con fines ideológicos, el silencio —y peor aún, el respaldo acrítico— se convierte en complicidad.
El origen del conflicto: un proceder calculado
Desde hace más de seis años vengo denunciando un caso que no solo afecta a la memoria de mi familia, sino a los principios éticos más elementales que deberían regir el trabajo historiográfico y la función pública: el del catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá.
Este profesor ha difundido de manera reiterada falsedades sobre la figura de mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, ya fallecido, construyendo un relato lleno de juicios ideológicos, errores documentales y manipulaciones interesadas.
Cuando en febrero de 2019 le solicité la retirada de ciertos enlaces por tener contenidos con evidentes falsedades, su reacción inicial fue una muestra de cinismo calculado: accedió a eliminar parcialmente lo solicitado, aparentando buena voluntad, incluso engañando al abogado que dio paso a los trámites, mientras sabía perfectamente que tenía en su haber numerosos artículos y libros con afirmaciones aún más graves.
Aquella supresión parcial fue una maniobra de distracción, un intento de ganar tiempo y de neutralizarme mediante un gesto vacío de contenido.


De la simulación al altavoz mediático
En paralelo, activó una campaña mediática en la que se presentó como víctima de censura, amparado en su condición de catedrático, lo que le garantiza espacios y atención preferente.
Reactivó contenidos que había retirado, presentó recurso administrativo y se dedicó a difundir su versión en todos los foros posibles. Su relato se articuló en torno a la supuesta amenaza a la libertad de expresión y de cátedra, al retorno de la censura de épocas pasadas, a la acusación de que se pretendía reescribir la historia o, increíblemente, borrar archivos históricos (pues considerará como tales sus propias publicaciones).
Paradójicamente, todo lo que me atribuyó —querer censurar, reescribir la historia, borrar los archivos— es exactamente lo que ha hecho él desde el primer momento, confundiendo su trabajo sesgado con patrimonio histórico, y el desacuerdo legítimo con acoso.
Estrategia y silencio institucional
Este proceder no es accidental, sino estratégico. Mientras yo protestaba en silencio y por cauces legales, él amplificaba su discurso sin oposición real, gracias a su posición institucional y a la protección de ciertos sectores mediáticos.
Todo ello dio paso a una campaña de desinformación en los medios, por la que se recibieron multitud de insultos y amenazas. En el juzgado se llegaron a presentar más de mil publicaciones sobre el tema.
A pesar de haber sido condenado por la justicia, sigue difamando impunemente aún hoy, publicando nuevos textos y libros en los que insiste en una versión deformada de los hechos, mientras silencia, desprecia o desacredita a quienes legítimamente le exigen rigor, rectificación y respeto.


El respaldo acrítico: ¿solidaridad o corporativismo?
Más preocupante aún que su actitud es el respaldo incondicional que ha recibido. Personalidades políticas, medios de comunicación y colegas universitarios lo han apoyado sin haber contrastado ni una sola de las pruebas.
Ahí están las palabras del ex president Ximo Puig, hoy embajador en la OCDE, que equiparó su condena judicial con el juicio franquista a Miguel Hernández. Un paralelismo tan desproporcionado como ofensivo.
O el caso de la periodista Nieves Concostrina, que ha expresado su solidaridad y anunciado colaboraciones con el catedrático, sin siquiera mencionar las irregularidades probadas ni la condena judicial que pesa sobre él.
Lo mismo ha hecho la rectora de la Universidad de Alicante, quien, lejos de adoptar una postura prudente e imparcial, ha manifestado públicamente su apoyo en nombre de toda la comunidad universitaria. ¿En nombre de quién exactamente? ¿Y con qué conocimiento de los hechos?
Preguntas que merecen respuesta
A todos ellos, y a quienes se han sumado a esta causa con el piloto automático del corporativismo ideológico o profesional, quiero hacer algunas preguntas directas:
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¿Han leído en su totalidad los textos en los que se vierten falsedades contra mi padre?
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¿Han contrastado las fuentes, revisado los documentos primarios, valorado la sentencia judicial?
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¿O han prestado su nombre, su voz y su prestigio únicamente por afinidad ideológica?
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¿Están actuando desde la responsabilidad académica y cívica, o desde el impulso del grupo ideológico afín?
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¿Qué mensaje están enviando a la sociedad y al mundo académico cuando legitiman la mentira como libertad de expresión?


No es censura: es una exigencia de rigor
Aquí no se está censurando a nadie (aunque a mí no se me ha dado voz) . Se está exigiendo algo elemental: respeto por la verdad, por los hechos y por la memoria de quienes ya no pueden defenderse.
La libertad de expresión no es sinónimo de impunidad, y el prestigio no debería servir para blindar la mentira ni para amplificarla desde posiciones de poder.
La historia merece respeto
Lo que está en juego no es solo la reputación de una familia difamada, sino la credibilidad misma de la comunidad académica y de los valores que dice defender.
Cuando se convierte en héroe a quien ha actuado con manipulación probada, cuando se silencia al que reclama justicia con pruebas en la mano, cuando se llama “acoso” a una protesta legítima o se invoca la memoria democrática para encubrir una falsedad, no se está defendiendo la libertad: se está banalizando su significado.
Quien quiera solidarizarse con alguien, que lo haga desde el conocimiento, no desde la consigna. Porque la memoria democrática solo lo es si no excluye la verdad.
Y la verdad, por incómoda que resulte, no puede seguir siendo rehén del corporativismo.

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